¿Y si las encuestas se equivocan de nuevo? El caso Fajardo y la ilusión de inevitabilidad en Colombia 2026

En la política moderna, las encuestas dejaron de ser vistas únicamente como instrumentos de medición y empezaron a funcionar también como herramientas de percepción psicológica. En Colombia 2026, buena parte del debate público parece girar alrededor de una idea casi fatalista: que el resultado ya está escrito y que la verdadera disputa es únicamente quién enfrentará a Iván Cepeda en segunda vuelta.

 

Dentro de esa narrativa, muchos analistas y ciudadanos sostienen que la única figura capaz de derrotar a Cepeda sería Abelardo de la Espriella, debido a su discurso de confrontación, su tono de mano dura y su capacidad de movilizar emocionalmente a sectores inconformes del país.

 

Otros, sin embargo, consideran que el abogado barranquillero representa más una candidatura de choque mediático que una opción sólida de gobierno, señalando su ausencia de experiencia administrativa y ejecutiva. Sus propuestas se concentran en seguridad, reducción del Estado y confrontación contra grupos armados, con una narrativa abiertamente antisistema. 

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En contraste, Paloma Valencia aparece como la representante más estructurada de la centro derecha tradicional. Tiene experiencia parlamentaria, respaldo del uribismo, apoyo de exministros y figuras técnicas como Juan Daniel Oviedo, además de un programa enfocado en formalización laboral, infraestructura, seguridad y crecimiento económico. 

 

Sin embargo, también enfrenta cuestionamientos: su apellido, su origen político y social, y la percepción de representar a una élite tradicional generan resistencia en sectores amplios del electorado. A ello se suma una crítica recurrente: aunque posee trayectoria legislativa, nunca ha administrado directamente el aparato ejecutivo nacional o territorial.

 

Y es precisamente allí donde reaparece el nombre de Sergio Fajardo.

El “mejor preparado” que las encuestas descartan

Existe un fenómeno curioso alrededor de Fajardo. Incluso muchos de sus críticos reconocen tres elementos:

  • Tiene experiencia ejecutiva comprobada.
  • Tiene una hoja de vida relativamente libre de escándalos personales o judiciales.
  • Presenta propuestas programáticas más detalladas y técnicas que la mayoría de sus rivales.

 

Fue alcalde de Medellín y gobernador de Antioquia, cargos desde los cuales construyó una reputación ligada a educación, planeación y gestión pública. Sus propuestas actuales se enfocan en fortalecimiento institucional, educación, seguridad territorial, lucha contra economías ilegales y desarrollo regional sostenible.

 

Sin embargo, el argumento que constantemente aparece contra él no es programático sino emocional: “no conecta”, “es tibio”, “no transmite fuerza”, “no tiene carácter”.

 

Ese juicio político revela algo importante sobre el momento colombiano: la elección parece estar cada vez más dominada por la lógica de la indignación y el espectáculo, donde la contundencia retórica pesa más que la capacidad comprobada de gobernar.

Programas de gobierno: tres modelos distintos de país

Al comparar los enfoques de los tres candidatos, aparecen diferencias profundas.

El modelo de Abelardo: autoridad y ruptura

La propuesta de De la Espriella gira alrededor de:

  • seguridad militar reforzada,
  • reducción agresiva del Estado,
  • combate frontal al narcotráfico,
  • eliminación de negociaciones con grupos armados,
  • desregulación económica y reducción tributaria. 

Su discurso conecta con una ciudadanía cansada de inseguridad y frustrada con el deterioro institucional. Pero sus detractores cuestionan la viabilidad técnica de muchas de sus propuestas y advierten riesgos de polarización extrema.

El modelo de Paloma: centro derecha técnica y tradicional

Paloma Valencia propone:

  • formalización empresarial,
  • subsidios al empleo juvenil,
  • infraestructura rural,
  • fortalecimiento energético,
  • incentivos a la inversión,
  • expansión educativa y tecnológica. 

 

Su fortaleza radica en rodearse de equipos técnicos experimentados y en ofrecer continuidad institucional desde sectores de centroderecha. Pero enfrenta dificultades para ampliar su electorado más allá de nichos ideológicos tradicionales.

El modelo Fajardo: institucionalidad y gestión

Fajardo insiste en:

  • educación como eje de transformación,
  • fortalecimiento institucional,
  • desarrollo territorial,
  • seguridad con presencia estatal integral,
  • lucha contra corrupción y economías ilícitas,
  • políticas públicas basadas en evidencia. (VotaBien)

Su narrativa es menos emocional y más administrativa. Y precisamente allí aparece la paradoja: muchos lo consideran el más apto para gobernar, pero dudan de su capacidad para ganar.

El poder psicológico de las encuestas

La política colombiana parece haber entrado en una etapa donde las encuestas ya no solo miden intención de voto: moldean comportamiento electoral.

 

Cuando un candidato aparece “sin opciones”, parte del electorado deja de considerarlo viable incluso antes de votar. Surge entonces el llamado “voto útil”: ciudadanos que no votan necesariamente por quien prefieren, sino por quien creen que tiene más probabilidades de pasar.

Pero la historia electoral está llena de ejemplos donde esa sensación de inevitabilidad terminó siendo falsa.

Cuando las encuestas fallaron

Álvaro Uribe en 2002

En los primeros meses de la campaña de 2002, Álvaro Uribe Vélez no era considerado el favorito absoluto del establecimiento político colombiano. Horacio Serpa representaba la maquinaria liberal tradicional y muchos asumían que habría segunda vuelta.

 

Sin embargo, el contexto de inseguridad y agotamiento frente al proceso del Caguán transformó rápidamente el escenario. Uribe capitalizó un sentimiento nacional que las encuestas inicialmente subestimaron y terminó ganando en primera vuelta.

Rodolfo Hernández en 2022

Otro caso reciente fue el de Rodolfo Hernández. Durante buena parte de la campaña parecía improbable que superara a Federico Gutiérrez. Pero en las semanas finales absorbió voto de opinión y voto antiestablecimiento, desplazó al candidato tradicional de derecha y llegó inesperadamente a segunda vuelta.

 

Las encuestas registraron parcialmente el fenómeno, pero la velocidad del movimiento electoral sorprendió a buena parte del sistema político.

El plebiscito por la paz de 2016

Quizás el caso más simbólico para los colombianos fue el del plebiscito por la paz de 2016. Durante semanas, buena parte de las encuestas y del ambiente mediático daban como favorito el triunfo del “Sí” al acuerdo con las FARC impulsado por el gobierno de Juan Manuel Santos.

 

Sin embargo, el resultado final terminó favoreciendo al “No” por un margen estrecho, liderado políticamente por sectores cercanos a Álvaro Uribe Vélez. El resultado sorprendió tanto a analistas nacionales como internacionales y mostró que existía un voto silencioso y subestimado que no estaba siendo completamente capturado por las mediciones.

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El plebiscito dejó además una enseñanza política profunda: cuando un sector del electorado siente que el resultado ya está definido, puede relajarse y abstenerse, mientras que el electorado más motivado emocionalmente termina inclinando la balanza. También evidenció que en Colombia existen segmentos amplios de votantes que toman su decisión en los últimos días o que simplemente no expresan públicamente su preferencia real.

 

Ese antecedente conecta directamente con la discusión electoral de 2026: las encuestas pueden mostrar tendencias, pero no determinan el resultado final. La decisión sigue dependiendo de millones de ciudadanos que votan libremente el día de la elección.

¿Podría pasarle eso a Fajardo?

Teóricamente sí. Y hay varios factores que podrían construir esa narrativa:

  1. Cansancio de la polarización:
    Un segmento creciente del electorado podría terminar buscando estabilidad institucional después de años de confrontación política extrema.
  2. Voto silencioso:
    Muchos votantes moderados participan menos activamente en redes sociales y debates digitales, donde predominan posiciones más radicales.
  3. Transferencia de voto útil tardío:
    Si algunos electores perciben riesgos altos en candidaturas más polarizantes, podrían migrar hacia una opción considerada más técnica o moderada en la recta final.
  4. Debates y contraste presidencial:
    En escenarios de comparación directa, experiencia administrativa y conocimiento del Estado podrían adquirir más peso frente a discursos puramente emocionales.
  5. Error metodológico de encuestas:
    Las encuestas enfrentan hoy problemas crecientes:

    • baja respuesta telefónica,
    • dificultades para medir voto joven,
    • cambios de opinión tardíos,
    • sobre representación de votantes altamente politizados.

Eso no significa que las encuestas “no sirvan”. Siguen siendo herramientas útiles. Pero tampoco son profecías inevitables.

La verdadera pregunta

Más allá de simpatías ideológicas, la discusión de fondo en Colombia 2026 parece ser otra:

 

¿Debe elegirse al candidato que genera más emoción y confrontación, o al que demuestra mayor capacidad técnica y experiencia administrativa para gobernar un Estado complejo?

 

Esa pregunta explica por qué, aun marcando bajo en algunos sondeos, Sergio Fajardo sigue apareciendo recurrentemente en conversaciones donde incluso adversarios reconocen que podría ser uno de los candidatos más preparados para ejercer la Presidencia.

 

Y justamente allí reside la paradoja electoral de 2026: el candidato que muchos consideran “el mejor preparado” podría terminar derrotado no por sus propuestas, sino por la percepción colectiva de que “ya no tiene opción”.

 

Aunque la historia electoral, en Colombia y el mundo, ha demostrado repetidamente que las campañas rara vez están definidas antes de que los ciudadanos entren realmente a las urnas.

 

Redacción ENTER.CO

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