Por: Jaime Andrés Wilches, docente investigador del Politécnico Grancolombiano
En el debate sobre TikTok y la política en Colombia, durante mucho tiempo se asumió que la plataforma era solo una herramienta de entretenimiento. Sin embargo, hoy resulta evidente una realidad incómoda. Ya no estamos eligiendo únicamente con ideas, sino dentro de un sistema diseñado por algoritmos. La red social dejó de ser una simple vitrina digital y se convirtió, silenciosamente, en un espacio que también distribuye poder político.
En una investigación realizada en el Politécnico Grancolombiano analicé la presencia digital de candidatos en elecciones en Colombia, así como su alcance, interacción y la manera en que sus contenidos circulaban en TikTok. Encontré un patrón reiterativo. En la mayoría de los casos, los candidatos ganadores tenían una mayor visibilidad dentro de la plataforma.
Lo más revelador fue descubrir que no necesariamente triunfaba quien tenía mejores propuestas, sino quien comprendía con mayor precisión la lógica de circulación digital. La política, sin decirlo abiertamente, comenzó a premiar la adaptación tecnológica más que la solidez del discurso o la profundidad de las ideas.
Un ejemplo evidente ocurrió cuando Gustavo Petro y Rodolfo Hernández utilizaron la plataforma para difundir sus propuestas de una forma más atractiva, informal y alejada de los códigos tradicionales de la política. Ambos comprendieron que la atención digital responde a dinámicas distintas a las de los medios convencionales y adaptaron su comunicación a ese entorno.
TikTok y política en Colombia y el algoritmo en la competencia electoral
Ahí es donde la tecnología se convierte en protagonista. La plataforma no funciona como los medios tradicionales. No reconoce autoridad, no prioriza la trayectoria y tampoco valida la experiencia política. Lo que realmente premia es la reacción. Cada “me gusta”, cada segundo de retención y cada comentario alimentan un sistema que decide qué contenido se amplifica y cuál desaparece.
Por eso esta red social no es solamente una herramienta de entretenimiento. Se convirtió en una arquitectura de visibilidad que termina transformándose en un escenario de competencia electoral. Y esa dinámica cambia por completo las reglas del juego, porque la política deja de competir en argumentos y comienza a competir por atención.
En lugar de construir discursos largos o debates complejos, muchos candidatos empiezan a adaptarse a una lógica de videos cortos, emocionales, simples y altamente consumibles. No se trata de una casualidad, sino del resultado de un entorno diseñado específicamente para capturar tiempo y maximizar la interacción constante de los usuarios.
La aplicación es mucho más que una herramienta tecnológica. Es una interfaz que moldea la circulación del mensaje político. Y cuando la interfaz determina la visibilidad, también condiciona qué se dice, cómo se dice y, en muchos casos, qué termina siendo importante para la conversación pública.
Otro hallazgo rompe una idea profundamente arraigada en la política tradicional. El territorio pierde centralidad. La visibilidad ya no depende exclusivamente de la plaza pública o de las estructuras partidistas, sino de la circulación digital. Esto democratiza parcialmente el acceso, pero también redefine las formas de ejercer el poder político.
Hoy un candidato puede construir relevancia sin una base territorial sólida, siempre que entienda cómo insertarse en la lógica del algoritmo. La capacidad de interpretar las dinámicas digitales empieza a ser tan importante como la experiencia política o la estructura electoral tradicional.
Algoritmos, redes sociales y democracia digital
Y ahí aparece el gran dilema de nuestro tiempo. Celebramos la apertura que ofrece el ecosistema digital, pero pocas veces discutimos la dependencia que también genera. El algoritmo aprende de nuestras interacciones, perfila emociones y anticipa reacciones. No solo organiza información. También condiciona la forma en que consumimos la política y participamos de ella.
Como consecuencia, la conversación pública se vuelve cada vez más personalizada, fragmentada y menos colectiva. Cada usuario recibe contenidos distintos, reforzando intereses, emociones y percepciones particulares. La política deja de construirse en espacios comunes y comienza a desarrollarse dentro de burbujas digitales cada vez más cerradas.
En ese contexto, considero que la discusión no debería centrarse en si TikTok es bueno o malo. La verdadera pregunta es qué ocurre cuando el debate democrático empieza a adaptarse a un sistema tecnológico que no controlamos y cuyos criterios de funcionamiento permanecen opacos para la mayoría de los ciudadanos.
Pensar que la tecnología es neutral es, quizás, uno de los errores más grandes de nuestra época. Y si algo dejó esta investigación es una certeza incómoda. En el siglo XXI, las campañas políticas no solo se diseñan… también se programan.
Imagen: Generada con IA (ChatGPT)