¿Tienes un dron? Estos errores pueden salirle caros al volar en ciudad

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El dron dejó de ser un dispositivo exclusivo de producciones audiovisuales o proyectos especializados. Hoy aparece en celebraciones familiares, recorridos por barrios y planes improvisados en parques. Esa expansión, sin embargo, ha puesto sobre la mesa una situación que empieza a incomodar a autoridades y ciudadanos: su uso en espacios cotidianos sin considerar límites ni riesgos.

En Colombia, la regulación existe y aplica incluso para quienes vuelan estos equipos por entretenimiento. La Aeronáutica Civil insiste en que no se trata solo de despegar y grabar. Antes de cualquier vuelo hay condiciones que deben cumplirse, desde el lugar elegido hasta la forma en que se opera el dispositivo.

El problema es que muchas de las decisiones que terminan en incidentes parecen inofensivas. Un vuelo corto desde una terraza, una toma aérea en un parque del barrio o un registro rápido durante una reunión social pueden derivar en conflictos con vecinos, llamados de atención o incluso sanciones.

Desde la academia, el programa de Ingeniería Aeronáutica de la Universidad de San Buenaventura ha identificado un patrón: los errores más frecuentes no están ligados a maniobras complejas, sino a la subestimación del entorno. La percepción de control —“es aquí cerca”, “solo será un momento”— suele pesar más que la revisión de las condiciones reales del lugar.

La ciudad no siempre es un lugar para despegar

Una de las tensiones más visibles aparece en zonas residenciales. El dron, al elevarse, no solo capta imágenes del espacio público, sino también de viviendas, balcones y personas. Esto ha generado discusiones por privacidad, ruido y seguridad, especialmente cuando el vuelo ocurre a baja altura o sin previo aviso.

En los parques, la situación tampoco es tan simple como parece. Aunque son espacios abiertos, no todos están habilitados para operar drones. La presencia de niños, mascotas o deportistas convierte cualquier falla en un riesgo potencial. A eso se suma que algunos sectores pueden tener restricciones específicas que no son evidentes a simple vista.

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Otro punto crítico son los eventos con alta asistencia. Conciertos, marchas o celebraciones públicas suelen atraer a quienes buscan imágenes desde el aire. Sin embargo, el sobrevuelo de aglomeraciones está limitado precisamente por el impacto que tendría un incidente en ese tipo de contextos.

También persiste una idea equivocada frente a la cercanía con aeropuertos. Muchos usuarios consideran que el riesgo solo existe al invadir una pista, cuando en realidad hay áreas más amplias donde la operación de drones puede interferir con aeronaves tripuladas.

A esto se suman prácticas como encender el equipo sin revisar parámetros básicos de vuelo o confiar únicamente en la habilidad del operador. La experiencia, en estos casos, no reemplaza las condiciones de seguridad que exige cada entorno.

Por último, el programa de Ingeniería Aeronáutica de la Universidad de San Buenaventura señala que muchos de los incidentes no nacen en operaciones complejas, sino en decisiones cotidianas que se toman sin evaluar el entorno. Como explicó su director, Fabio Alejandro Merchán Rincón, el tamaño del dron no reduce su impacto: sigue siendo una aeronave no tripulada, y su uso exige el mismo criterio de seguridad. Ignorar ese punto, advierten, es lo que convierte un vuelo recreativo en un problema evitable.

Digna Irene Urrea

Comunicadora social y periodista apasionada por las buenas historias, el periodismo literario y el lenguaje audiovisual. Aficionada a la tecnología, la ciencia y la historia.

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