Cada vez que un sismo sacude alguna región del país vuelve la misma pregunta: ¿por qué Colombia tiembla con tanta frecuencia? La respuesta no está en un fenómeno aislado, sino en la ubicación geológica del territorio. El país se encuentra sobre una de las zonas con mayor actividad tectónica del planeta, donde el movimiento constante de enormes placas terrestres mantiene activa la amenaza sísmica para millones de personas.
Según el Servicio Geológico Colombiano (SGC), aproximadamente el 83 % de la población vive en zonas de amenaza sísmica alta o intermedia, lo que convierte a los terremotos en uno de los riesgos naturales más importantes del país. Esto no significa que vaya a ocurrir un gran sismo de manera inminente, sino que el territorio reúne las condiciones para que estos eventos ocurran de forma recurrente.
La explicación comienza cientos de kilómetros bajo la superficie. En Colombia convergen las placas tectónicas de Nazca, Caribe y Suramericana. La placa de Nazca se desplaza lentamente y se introduce por debajo de la Suramericana en un proceso conocido como subducción. Esa fricción acumula energía durante años hasta que finalmente se libera en forma de terremotos.
Ese mismo proceso también fue responsable de la formación de las cordilleras colombianas y alimenta la actividad de varios volcanes de la Cordillera Central.
Colombia está atravesada por fallas geológicas activas
Además del movimiento entre placas, el territorio nacional está cruzado por numerosos sistemas de fallas geológicas activas. Cuando estas fracturas liberan la energía acumulada también producen movimientos sísmicos.
Uno de los sectores más estudiados es el llamado Nido Sísmico de Bucaramanga, ubicado bajo la Mesa de Los Santos, en Santander. Allí se registra una de las mayores concentraciones de sismos del mundo, con miles de eventos cada año, la mayoría imperceptibles para la población.
Para conocer el nivel de amenaza de cada región, el Servicio Geológico Colombiano monitorea permanentemente la actividad sísmica mediante una red nacional de estaciones. Esa información permite identificar dónde se originan los terremotos, cómo se propagan las ondas sísmicas y cuáles son las zonas con mayor probabilidad de experimentar movimientos fuertes.
La historia confirma que Colombia ha sufrido terremotos de enorme magnitud. Entre los más destructivos aparecen el ocurrido en la costa Pacífica en 1906, con magnitud 8,8; el terremoto de Cúcuta en 1875; el de Popayán en 1983; el de Murindó en 1992 y el del Eje Cafetero en 1999, que dejó miles de víctimas y cambió para siempre las normas de construcción del país.
Bogotá también enfrenta un riesgo importante
Aunque Bogotá no está ubicada sobre el principal límite entre placas tectónicas, sí puede verse afectada por terremotos originados en diferentes fallas geológicas cercanas o en otras regiones del país.
Además, el tipo de suelo influye en la intensidad con la que se perciben las sacudidas. Algunas zonas de la capital pueden amplificar el movimiento del terreno, razón por la que la ciudad cuenta con una microzonificación sísmica, un estudio que clasifica el comportamiento de los suelos y define los requisitos técnicos para diseñar edificaciones más resistentes.
Bogotá también dispone de una red de acelerógrafos que registra el comportamiento del suelo durante los sismos y ayuda a mejorar los modelos de riesgo.
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Los registros históricos muestran que la ciudad ha sentido terremotos importantes desde el siglo XVII. Entre los más recordados figuran los ocurridos en 1743, 1785, 1826, 1827, 1917, Quetame en 2008 y el sismo de San Juanito (Meta) de 2023.
La reducción del riesgo no depende únicamente de la naturaleza. Colombia cuenta con normas de construcción sismo resistente que buscan disminuir los daños en futuras edificaciones, mientras entidades como el Servicio Geológico Colombiano actualizan permanentemente los mapas de amenaza sísmica y el monitoreo nacional.
Aunque todavía no existe una tecnología capaz de predecir cuándo ocurrirá un terremoto, conocer por qué tiembla el país, construir bajo estándares adecuados y mantener planes de emergencia siguen siendo las herramientas más eficaces para reducir el impacto de uno de los fenómenos naturales más frecuentes en Colombia.