Por: Francisco Javier González, docente de la Escuela de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones de la Universidad Politécnico Grancolombiano
Hoy me resulta imposible imaginar la vida sin internet. Ya no es un lujo ni una elección; es la base sobre la que se mueve nuestra cotidianidad. En medio del crecimiento de la desinformación en internet y del impacto de las redes sociales en nuestras decisiones, el Día Mundial del Internet se convierte en una oportunidad para reflexionar sobre cómo esta tecnología está transformando nuestra manera de pensar, informarnos y participar en la sociedad.
Más que celebrarlo, considero que deberíamos cuestionarlo. Ya no se trata únicamente de si usamos internet, sino de cómo esta herramienta también podría estar moldeándonos a nosotros. Esta fecha representa una oportunidad para detenernos y preguntarnos cómo participamos en el entorno digital y qué tipo de ciudadanos estamos siendo dentro de él.
No deberíamos celebrar solo una tecnología, sino una transformación profunda. Desde mi experiencia, he visto cómo internet dejó de ser un complemento para convertirse en una estructura esencial. Hoy todo pasa por allí: estudiar, trabajar, informarnos e incluso participar en decisiones colectivas y democráticas. Precisamente por eso, este día también debe invitarnos a reflexionar sobre el uso que hacemos de esta herramienta.
Lo que más me inquieta no es su presencia, sino su impacto. Estamos en un momento en el que internet define cómo entendemos la realidad. Las noticias que leemos, las opiniones que construimos e incluso nuestras decisiones políticas están mediadas por lo que aparece en una pantalla. Esa influencia transforma nuestra manera de relacionarnos con el mundo y con los demás.
Desinformación en internet y el reto del pensamiento crítico
En tiempos electorales, internet no solo informa; también puede distorsionar la realidad. Amplifica voces y facilita la participación, pero también expande rumores y desinformación. Nos acerca a la democracia, aunque, al mismo tiempo, puede deteriorarla. Allí es donde el problema deja de ser tecnológico y se convierte en un desafío profundamente humano y social.
No se trata únicamente de navegar, sino de comprender cómo internet impacta nuestra privacidad y la forma en que consumimos contenido. Sin duda, la red ha sido una herramienta de inclusión que ha permitido acceder a oportunidades antes impensables. Sin embargo, también ha creado nuevas desigualdades: ya no basta con tener acceso, ahora el reto es saber interpretar la información.
En mi experiencia como docente, he entendido que el verdadero desafío no es conectar a más personas, sino formar ciudadanos digitales. Personas capaces de cuestionar, contrastar fuentes y desarrollar criterio propio. Porque disponer de grandes cantidades de información no significa, necesariamente, tener claridad ni pensamiento crítico frente a lo que consumimos diariamente.
Esto se refleja claramente en las aulas. Hoy los estudiantes llegan con contenidos que ya no dependen exclusivamente del docente, porque internet les entrega respuestas inmediatas. Sin embargo, la red no les enseña a reflexionar sobre ellas. El reto educativo ya no está en acceder a la información, sino en aprender a interpretarla con responsabilidad y criterio.
Ciudadanía digital y responsabilidad en redes
En clase, cada vez me interesa menos repetir información y más promover conversaciones enriquecedoras. Busco que los estudiantes discutan, se equivoquen y defiendan sus ideas. Hay algo que no podemos ignorar: internet amplifica tanto lo valioso como lo problemático, y la desinformación se ha convertido en uno de los mayores desafíos de nuestra época.
La desinformación circula en todos los contextos, nublando el juicio de las personas y afectando la convivencia. Internet puede ser un espacio de aprendizaje y colaboración, pero también un escenario de agresión y manipulación. Por eso insisto en la necesidad de promover un uso ético, responsable y consciente de las plataformas digitales y las redes sociales.
No podemos escudarnos detrás de una pantalla para decir cosas que jamás expresaríamos cara a cara ni opinar sin medir consecuencias. Detrás de cada perfil existe una persona real, con derechos, emociones y vulnerabilidades. Comprender esto implica asumir nuestra responsabilidad frente a cada acción, comentario o contenido que compartimos en línea.
No basta con consumir contenido de manera pasiva. Todos somos parte activa de este ecosistema digital. Cada vez que compartimos, comentamos o reaccionamos, contribuimos a construir una realidad colectiva que puede ser más informada y reflexiva, o más caótica y polarizada. La decisión, al final, sigue estando en nuestras manos.
Imagen: Generada con IA (ChatGPT)