Las mujeres cargan con las emociones de todos: lo que revela un estudio en América Latina

Woman holding a brain icon and using a laptop

La inteligencia emocional forma parte de muchas decisiones cotidianas, aunque pocas veces se nombra de forma explícita. En América Latina, su análisis entre mujeres empieza a mostrar una doble cara: una habilidad que aporta ventajas en distintos entornos y, al mismo tiempo, una carga que suele pasar desapercibida.

Un estudio de THT Company, basado en más de 20.000 mujeres de 12 países hispanohablantes, evaluó distintos componentes de la inteligencia emocional. Los resultados indican que, en promedio, las participantes destacan más en la capacidad de identificar emociones en otras personas que en el manejo de sus propias reacciones.

Este punto resulta relevante para entender cómo se distribuyen las responsabilidades emocionales en el día a día. Reconocer lo que sienten otros no implica necesariamente saber cómo gestionar esas emociones, especialmente en situaciones de conflicto o চাপ emocional en equipos de trabajo.

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Además, el análisis muestra que la inteligencia emocional en mujeres tiende a mejorar con la edad y el nivel educativo. Los puntajes más altos se registran entre los 42 y 53 años. A partir de ese momento, se observa una disminución progresiva, más marcada en la dimensión intrapersonal, es decir, en la relación con las propias emociones.

La evidencia coincide con investigaciones internacionales que señalan una ligera ventaja femenina en la lectura de señales emocionales, sobre todo en aspectos no verbales como gestos, tono de voz o cambios en el ambiente. Estas habilidades suelen ser útiles en liderazgo, negociación, educación y atención al cliente.

Inteligencia emocional femenina y trabajo invisible

El análisis no se queda en la medición de habilidades. También pone sobre la mesa un aspecto menos visible: el trabajo emocional que muchas mujeres asumen sin reconocimiento formal.

En distintos espacios, desde oficinas hasta hogares, es frecuente que ellas se encarguen de mediar tensiones, suavizar conflictos o adaptar la comunicación para evitar choques. Estas tareas no aparecen en contratos ni indicadores de desempeño, pero influyen directamente en el funcionamiento de los entornos.

Cuando esta responsabilidad se vuelve constante, la inteligencia emocional deja de ser solo una ventaja y empieza a generar desgaste. La exigencia de mantener el equilibrio emocional puede traducirse en mayores niveles de estrés, incluso en personas con alta capacidad para gestionar relaciones.

El estudio también identifica diferencias entre países. Perú y Ecuador registran los niveles más altos de inteligencia emocional femenina, mientras que Panamá y El Salvador presentan los porcentajes más bajos dentro del grupo analizado.

En Colombia, regiones como Norte de Santander y Atlántico superan el promedio general del estudio. Sin embargo, se mantiene la misma tendencia: mayor desarrollo de habilidades para gestionar emociones ajenas que propias.

Estos resultados no responden únicamente a características individuales. Factores como las condiciones laborales, el acceso a educación y las dinámicas culturales influyen en la forma en que se desarrollan estas capacidades y en cómo se distribuye la carga emocional.

La discusión que surge a partir de estos datos no gira solo en torno a quién tiene más inteligencia emocional. El foco está en cómo se reparte su uso en la vida diaria. Cuando la gestión emocional recae de manera desigual, puede convertirse en un factor de desgaste sostenido.

Reconocer este trabajo invisible y distribuirlo de forma más equitativa aparece como uno de los retos para empresas, instituciones y entornos sociales. La inteligencia emocional, más que una cualidad individual, también refleja la forma en que se organizan las relaciones.

IMAGEN: rawpixel.com

Digna Irene Urrea

Digna Irene Urrea

Comunicadora social y periodista apasionada por las buenas historias, el periodismo literario y el lenguaje audiovisual. Aficionada a la tecnología, la ciencia y la historia.

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