
Entre sus problemas legales y sus aprietos financieros, Cuevana agoniza. Foto: Daniel_Afanador (vía Flickr, obra derivada).
Tomás Escobar, cofundador de Cuevana, podría estar hoy gozándose su juventud. En 2011, según contó en una entrevista a la revista Bocas de El Tiempo, rechazó una oferta de “entre medio y un millón de dólares”. Se negó porque, dice, “el dinero solo no hace la felicidad”. Tenía 22 años.
La oferta fue el clímax de lo que –según relata– “empezó como un hobby para satisfacer mi necesidad personal de ver series y películas”. Luego de que lo compartiera con sus amigos, el sitio ”empezó a ganar popularidad por su facilidad de uso”. Fue cuestión de tiempo para que explotara, y, cuenta, “ahí fue cuando pensé que había una oportunidad para capitalizar”.
Escobar comenzó a buscar negociaciones con las empresas dueñas de los derechos, pero “de golpe se cortaron las conversaciones. Hubo una bajada de línea de no negociar y quedamos en la situación que estamos”.
Y hoy, la situación es que Escobar “se mantiene oculto, sin una dirección fija” –dice Maximiliano Poter, el redactor de la entrevista–, paga 5.000 dólares mensuales de su bolsillo para que el sitio siga al aire y afronta un juicio que podría llevarlo a la cárcel. Además, su novia lo dejó.
“Se me está acabando [el dinero]. Es una situación límite, que no puedo estirar más de uno, dos meses. Estoy analizando qué hacer, porque no lo puedo seguir manteniendo“, le dijo a Bocas. “Mis preocupaciones no son las de un chico de 23 años normal. Eso genera mucho estrés”, añadió.
“No me arrepiento de nada”.
Pese a todo ello, no se arrepiente. Hoy, según le dijo a Bocas, Cuevana tiene 15 millones de usuarios únicos: 25% en Argentina, 25% en México, 17% en Chile, 9% en Colombia y 7% en Venezuela. Además, asegura, el sitio consiguió que las productoras “estrenen las series tres días, o, a lo sumo, una semana después de la fecha de distribución”, cuando antes demoraban meses. Eso, afirma, “es un minitriunfo”.
Su lucha con la industria del entretenimiento, asegura, es “la batalla más grande en la que me pude haber metido”. Y sabe que puede perder. “Lo peor que puede pasar es que [Cuevana] cierre”. Si eso ocurre, podría “abrir el código y si alguien quiere continuar con el proyecto, que lo haga”, remata.

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