Por: Mónica María Quiroz, docente de la Escuela de Psicología, Talento Humano y Sociedad del Politécnico Grancolombiano.
Durante los últimos años hemos repetido una idea casi como mantra: la tecnología vino a transformar el trabajo. Y sí, lo hizo, pero transformar no siempre significa mejorar la productividad en el trabajo. Esa es, quizá, una de las lecciones más importantes que nos deja esta etapa de hiperconectividad laboral.
Porque hoy tenemos más herramientas que nunca: plataformas colaborativas, inteligencia artificial, automatización de procesos, analítica de datos… en fin, un ecosistema digital que promete eficiencia y productividad. Sin embargo, la pregunta sigue siendo si estamos trabajando mejor o simplemente más rápido.
El problema es que, muchas veces, incorporamos tecnología sin rediseñar la forma en que trabajamos. Digitalizamos tareas, pero no las cuestionamos; automatizamos procesos, pero no los optimizamos. Y en ese camino, lo que parecía una solución termina amplificando ineficiencias que ya existían.
Productividad en el trabajo y decisiones inteligentes
Aquí es donde creo que está el verdadero punto de inflexión: no se trata de tener más tecnología, sino de usarla con criterio. La diferencia entre una organización realmente productiva y otra saturada de trabajo no está en las plataformas que utiliza, sino en las decisiones que toma sobre cómo usarlas.
Por ejemplo, no todas las reuniones necesitan ser virtuales, ni todo proceso requiere digitalización inmediata. A veces, el verdadero avance está en simplificar, en eliminar tareas innecesarias, en reducir la sobrecarga de información, en darle espacio al trabajo profundo.
En contextos digitales, la productividad debería medirse de otra forma: no por la cantidad de mensajes enviados o respondidos, sino por el valor que se genera; no por la velocidad de respuesta, sino por la calidad de las decisiones. Y eso implica cambiar indicadores, conversaciones y, sobre todo, cultura.
También hay un componente clave que suele pasarse por alto: la autonomía. La tecnología permite trabajar desde cualquier lugar, pero eso solo tiene sentido si viene acompañado de confianza. De lo contrario, terminamos replicando esquemas de control en versiones digitales, con más reportes, más seguimiento y menos foco.
Otro punto fundamental es aprender a diseñar el trabajo en entornos digitales. Esto significa establecer reglas claras: cuándo se responde, cuándo no; qué canales se usan para qué; qué tareas requieren sincronía y cuáles no. Sin esas definiciones, la tecnología deja de ordenar y empieza a saturar.
Inteligencia artificial y el futuro del trabajo
En ese sentido, la inteligencia artificial abre una conversación interesante. Puede automatizar tareas repetitivas, optimizar tiempos, sugerir decisiones… sí, pero también puede aumentar la presión por producir más en menos tiempo. La diferencia, una vez más, no está en la herramienta, sino en la intención con la que se usa.
En el libro Nuevas formas y retos laborales, que publiqué con la editorial del Politécnico Grancolombiano, planteamos precisamente que el futuro del trabajo no depende únicamente de la tecnología, sino de la capacidad de las organizaciones para adaptarse de manera consciente. No se trata de adoptar todo lo nuevo, sino de entender qué realmente aporta valor.
Tal vez la transformación más importante no es digital, sino cultural. Pasar de la inmediatez a la intención, de la conexión constante a la productividad significativa, de hacer más a hacer mejor.
Imagen: generada por ENTER.CO con IA (ChatGPT).