Opinión | Habilidades humanas e inteligencia artificial: el verdadero reto

Por: María Gloria González, líder del Centro de Liderazgo 360 de la Universidad Politécnico Grancolombiano

Cada semestre lo veo en el aula: la tecnología está ahí, funcionando, disponible, y aun así no ocurre nada realmente relevante. Pantallas encendidas, plataformas abiertas e inteligencia artificial al alcance de todos, pero estudiantes (y profesionales) paralizados frente a lo que tienen delante. No es un problema de acceso ni de herramientas; es algo más profundo.

Y ahí está lo verdaderamente incómodo: lo que enfrentamos no es un déficit tecnológico, sino una brecha humana. Mientras las herramientas avanzan a gran velocidad, nuestras capacidades para comprenderlas, decidir sobre ellas y usarlas estratégicamente no necesariamente evolucionan al mismo ritmo.

Esa brecha no es solo una percepción personal. Surge con claridad de los hallazgos del libro Desarrolla tus habilidades y potencia tu vida. Volumen 2, que desarrollamos en la Editorial del Politécnico Grancolombiano. Al analizar habilidades como la innovación, la adaptación al cambio y el aprendizaje autónomo, se revela que la tecnología avanza más rápido que nuestra disposición para asumirla estratégicamente.

El estudio muestra que la innovación no es un asunto de inventar artefactos, sino de personas capaces de leer su contexto, asumir riesgos y tomar decisiones en escenarios inciertos. La tecnología, por sí sola, no innova. Son las habilidades blandas las que permiten convertir una herramienta digital en valor real, social, educativo o productivo.

Por qué la inteligencia artificial exige fortalecer las habilidades humanas

El problema ya no es la falta de información; es no saber qué hacer con ella. Tener todo disponible no significa entenderlo. De hecho, muchas veces la sobreexposición a contenido, herramientas y plataformas genera el efecto contrario: parálisis, dependencia y decisiones superficiales. La tecnología amplifica las capacidades, pero no reemplaza la capacidad de pensar.

Esa falta de criterio también se refleja en otra habilidad clave: la adaptación al cambio. Uno de los hallazgos más importantes del estudio es que aparece como una habilidad transversal. No hablamos de “aguantar” transformaciones, sino de interpretarlas, resignificarlas y actuar. En plena cuarta revolución industrial, quien no aprende a desaprender queda obsoleto, aunque tenga el último dispositivo o el software más avanzado.

Pero hay algo aún más preocupante: seguimos formando personas para responder, no para cuestionar. En muchos espacios educativos y laborales se premia la rapidez, no el criterio; la ejecución, no la comprensión. En ese contexto, la tecnología se convierte en un atajo, no en una herramienta estratégica para avanzar.

El aprendizaje autónomo, otro eje central del estudio, es quizá el más subestimado. Hoy no sobrevive quien más sabe, sino quien mejor aprende. La tecnología ofrece información infinita, pero solo quienes desarrollan disciplina, curiosidad y pensamiento crítico logran convertir ese exceso en conocimiento útil y en decisiones inteligentes.

También deberíamos preguntarnos qué tipo de relación estamos construyendo con la tecnología. Si la vemos como un reemplazo del esfuerzo, del análisis o del juicio, estamos debilitando las capacidades que justamente deberían fortalecerse en este contexto digital. No se trata de usar más herramientas, sino de usarlas mejor.

Por eso esta columna no es un aplauso a la tecnología; es una advertencia. Si seguimos formando personas que esperan instrucciones del sistema, del algoritmo o de la herramienta, no estamos avanzando: estamos cediendo criterio. La inteligencia artificial no reemplaza el pensamiento, pero sí deja en evidencia cuando este no existe, y eso debería preocuparnos más que cualquier avance tecnológico.

En la era digital, la verdadera brecha no es tecnológica, sino humana. No está entre quienes tienen acceso a herramientas y quienes no, sino entre quienes desarrollan habilidades para decidir, aprender y adaptarse y quienes solo saben ejecutar. Dejemos de preguntarnos qué tecnología viene después. La pregunta urgente es si estamos formando personas capaces de pensar antes de usarla.

Cada avance tecnológico redefine la forma de trabajar, aprender y relacionarnos, pero también confirma una verdad fundamental: la tecnología amplifica capacidades, no reemplaza la esencia humana. Las organizaciones podrán automatizar procesos, pero seguirán necesitando personas capaces de inspirar, decidir en contextos de incertidumbre, construir confianza y generar valor colectivo. El verdadero diferencial competitivo ya no será quién tenga acceso a la mejor tecnología, sino quien desarrolle las mejores capacidades humanas para ponerla al servicio de la sociedad.

Finalmente, la tecnología puede hacer las tareas más rápido; las habilidades blandas permiten decidir cuáles son las tareas que realmente vale la pena hacer y para quién. Allí reside el verdadero valor del ser humano.

Imagen: Generada con IA (ChatGPT)

Colaboradores ENTER.CO

Muchos periodistas y blogueros de Colombia, Latinoamérica y España colaboran esporádicamente con ENTER.CO, aportando su conocimiento y puntos de vista frente al acontecer tecnológico y de Internet.

View all posts

Archivos