El celular dejó de ser solo una herramienta de comunicación para convertirse en el centro de la vida digital. Allí conviven aplicaciones bancarias, correos electrónicos, redes sociales, documentos personales y buena parte de la información privada de los usuarios. Ese cambio también transformó la forma en que las personas administran sus contraseñas y su seguridad.
Para entender cómo evolucionó este hábito y qué riesgos enfrentan hoy los colombianos, entrevistamos a Carolina Mojica, Consumer Sales Manager, NOLA & SOLA Region de Kaspersky, quien explicó cómo las nuevas dinámicas digitales están modificando la relación de los usuarios con sus claves de acceso y su protección en línea.
Según la vocera, la digitalización aceleró un fenómeno que hace algunos años parecía impensable: la pérdida progresiva de control directo sobre nuestras propias contraseñas.
Antes, muchas personas memorizaban claves, las anotaban en agendas o utilizaban combinaciones fáciles de recordar.
Hoy, en cambio, gran parte de los accesos está delegada a sistemas automáticos.
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“El smartphone ya no es solo un teléfono. Allí está el trabajo, la familia, las finanzas, las relaciones y prácticamente toda la vida digital”, explicó Mojica durante la conversación.
Esa concentración de información ha cambiado por completo la lógica de seguridad.
De acuerdo con cifras compartidas por Kaspersky, el 68 % de los colombianos realiza pagos y transferencias desde su celular. Además, el 43 % comparte contraseñas y el 86 % deja sesiones abiertas en sus dispositivos móviles.
La comodidad ha impulsado este comportamiento.
El uso de huellas, reconocimiento facial y herramientas de autoguardado redujo la necesidad de recordar claves. Sin embargo, también creó una dependencia tecnológica que puede convertirse en problema cuando se cambia de celular, se pierde el dispositivo o ocurre un bloqueo inesperado.
Cuando las contraseñas dejaron de ser personales
Uno de los hallazgos que más llamó la atención durante la entrevista fue cómo las contraseñas pasaron de ser un asunto individual a convertirse en información compartida dentro de muchos hogares.
Es común que un familiar administre accesos bancarios, correos, plataformas digitales o autenticaciones de varios miembros de la casa.
Aunque esta práctica suele verse como algo práctico, Mojica advirtió que amplifica los riesgos.
La razón es simple: cuando una sola persona concentra demasiados accesos, una vulneración puede desencadenar una reacción en cadena.
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Según explicó, un atacante puede comprometer múltiples cuentas en apenas cuatro minutos si logra acceder al correo electrónico principal, ya que desde allí puede restablecer contraseñas y tomar control de otros servicios conectados.
“El correo electrónico es la llave maestra de la vida digital”, señaló.
La especialista también habló de otro cambio importante: los ciberdelincuentes ya no dependen exclusivamente de fallas técnicas.
Ahora apuntan directamente a las emociones de los usuarios.
Mensajes que generan urgencia, llamadas sospechosas, enlaces que aparentan ser legítimos y hasta voces clonadas con inteligencia artificial forman parte de los métodos más frecuentes.
Esto ha generado una nueva sensación entre los usuarios: desconfianza frente a cualquier contacto inesperado.
Muchas personas, explicó Mojica, experimentan temor o ansiedad al responder llamadas desconocidas, precisamente porque los fraudes digitales se volvieron más difíciles de identificar.
Nuevas herramientas para un nuevo hábito digital
Frente a este panorama, la recomendación no es volver a memorizar decenas de claves complejas.
La alternativa está en adoptar herramientas que permitan administrar contraseñas de forma segura.
Mojica destacó el uso de gestores de contraseñas, sistemas de autenticación múltiple y hábitos de verificación que ayuden a reducir riesgos.
También insistió en recuperar la cautela que las personas suelen tener en la vida cotidiana.
Así como se enseña a no confiar en extraños en la calle, esa misma lógica debería aplicarse al mundo digital.
“La ciberseguridad ya no es un asunto técnico ni exclusivo de empresas. Hace parte del hogar y de la protección familiar”, concluyó.
El mayor cambio, entonces, no está solo en cómo guardamos las contraseñas.
Está en comprender que cada acceso protege mucho más que una cuenta: resguarda una parte importante de nuestra vida.