Opinión | Tecnología en seguridad laboral: el espejismo de innovar sin prevenir

Por Julián Martínez, coordinador de la Especialización en Gerencia de la Seguridad y Salud en el Trabajo del Politécnico Grancolombiano

A veces tengo la sensación de que avanzamos, pero solo en apariencia. Hablamos de transformación digital e innovación, mientras muchas decisiones en las empresas siguen funcionando con la misma lógica de siempre. La tecnología en seguridad laboral también refleja esa contradicción, y la distancia entre el discurso y la realidad se está normalizando.

Hoy el problema no es la ausencia de tecnología, sino que no la usamos para prevenir, anticipar ni transformar. Así lo vi mientras escribía el libro Investigación e innovación en seguridad y salud en el trabajo en el Politécnico Grancolombiano. Encontré que la tecnología está presente, pero su uso sigue siendo superficial.

Los datos son claros. Usamos celulares e internet con frecuencia, pero cerca del 40 % nunca emplea dashboards y más del 30 % no usa software especializado en seguridad. Es decir, tenemos información, pero no la convertimos en decisiones estratégicas; nos quedamos en lo básico.

Esto no ocurre por falta de información, pues hoy las organizaciones registran datos de manera constante, pero no los aprovechan. Se reporta, se archiva y se cumple, pero rara vez se analiza para anticipar riesgos. Tener datos no es lo mismo que gestionar la seguridad.

Cuando se mira más a fondo, el panorama es aún más preocupante. Alrededor del 68 % de los profesionales nunca ha utilizado inteligencia artificial o Big Data. Esto ya no es solo un atraso digital: es una desconexión directa con el futuro del trabajo y con las posibilidades reales de prevenir accidentes.

No se trata de digitalizar por moda, sino de entender que estas herramientas permiten analizar patrones, anticipar riesgos y tomar decisiones en tiempo real. En seguridad laboral, la tecnología no es un lujo; es una herramienta que puede marcar la diferencia entre reaccionar tarde o evitar una tragedia.

Decidir no cambiar también es una decisión

El problema no es técnico. Los hallazgos durante la escritura del libro apuntan en la misma dirección: las principales barreras son culturales. En Latinoamérica encontramos que están relacionadas con el acceso, el uso y la apropiación de la tecnología, la desconfianza frente a los medios digitales, el déficit de competencias digitales y las barreras generacionales.

Un dato particularmente interesante aparece en un análisis del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), publicado en 2026, sobre la digitalización de servicios públicos en América Latina y el Caribe. El BID encontró que el 48 % de los trámites todavía se realiza presencialmente y solo el 14 % se hace de forma digital. Los trámites presenciales pueden tomar aproximadamente seis horas, mientras que los digitales pueden realizarse en alrededor de 40 minutos.

Por otro lado, la CEPAL plantea que la brecha digital debe comprenderse como una de las brechas estructurales de América Latina y el Caribe. En 2026 advirtió que, si persisten las desigualdades en conectividad y competencias digitales, la adopción tecnológica puede incluso ampliar las desigualdades estructurales existentes.

La falta de compromiso, el poco tiempo asignado, el débil apoyo organizacional y la presión por reducir costos terminan frenando cualquier intento real de innovación. Aquí aparece una contradicción profunda: las organizaciones hablan de bienestar y prevención, pero siguen tratando la seguridad y salud en el trabajo como un requisito mínimo.

Bajo esa lógica, la tecnología se percibe como un gasto y no como una inversión. Mientras eso no cambie, cualquier intento de innovación será superficial.

Esa lógica explica por qué seguimos dependiendo de herramientas básicas. No es desconocimiento, es una elección. Implementar tecnología avanzada implica transformar la forma de gestionar, y eso desafía estructuras, cuestiona liderazgos y exige decisiones que muchas veces se evitan.

Lo grave es que esta resistencia tiene consecuencias reales. No usar tecnología en este campo no es neutro: significa perder la oportunidad de anticipar riesgos, mejorar las condiciones laborales y proteger la salud física y mental de los trabajadores. Y eso tiene un costo humano y organizacional.

Tal vez la discusión ya no debería ser si necesitamos más tecnología, porque claramente la necesitamos. La verdadera pregunta es por qué, teniéndola, seguimos sin utilizarla para lo que realmente importa. En seguridad laboral, simular modernidad no solo es ineficiente: es una forma silenciosa de seguir poniendo en riesgo a las personas.

Imagen ilustrativa: generada por ENTER.CO con IA (ChatGPT)

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