Por: Jaime Wilches, docente investigador de la Universidad Politécnico Grancolombiano
El futuro de la inteligencia artificial (IA) se consolida como uno de los ejes centrales de la revolución tecnológica global. Este auge no surge por generación espontánea. Responde a décadas de investigación, desarrollo e innovación en múltiples disciplinas. Entender este proceso es clave para evitar que la IA se vea como una tendencia pasajera.
Este es el punto central para trabajar en 2026. La IA no debe asumirse como una moda que luego se olvida. Así ocurrió, de manera desafortunada, con el COVID-19. La desaparición de programas y proyectos debilitó capacidades institucionales. También afectó la continuidad de políticas necesarias.
Entonces, ¿cómo superar la ausencia de una visión de largo plazo al pensar el futuro de la inteligencia artificial? Darío Amodei lo señala con claridad. El pensamiento prospectivo suele quedar relegado frente a respuestas reactivas. Esto ocurre ante la proliferación de tendencias tecnológicas. Así se limita la construcción de estrategias sostenibles.
Desafíos estructurales de la IA en Colombia
En Colombia se evidencia, una vez más, nuestra idiosincrasia institucional. Distintos sectores del Estado, la empresa y la educación formulan hojas de ruta con buenas intenciones. Sin embargo, carecen de coordinación. Predomina la búsqueda de resultados inmediatos. Los procesos estratégicos de largo alcance quedan en segundo plano.
El caso más preocupante se refleja en Minciencias y MinTIC. Estas entidades han diseñado planes de acción con eslóganes incluidos. Sin embargo, no evidencian con claridad las realidades presupuestales. Tampoco el diálogo con la sociedad civil. Ni la incidencia efectiva de sus iniciativas, más allá de cifras de convocatorias y capacitaciones.
En el sector empresarial se avanza con cautela. La economía colombiana presenta rezagos en servicios tecnológicos. En muchos casos, el país participa como proveedor en niveles secundarios de la cadena de valor de la IA. Esto limita su capacidad de generar innovación propia. También afecta su competitividad internacional.
En escenarios menos favorables, Colombia funciona como proveedor de mano de obra barata. Esto impulsa el desarrollo tecnológico de otros países. Además, refuerza dinámicas de dependencia. El panorama evidencia la necesidad de fortalecer capacidades locales. También exige promover inversión estratégica y priorizar el conocimiento.
Por su parte, las instituciones educativas han intentado incorporar políticas de regulación y uso ético de la IA. Sin embargo, estos esfuerzos se concentran en aspectos de bajo impacto. Predomina el control de trabajos académicos y ejercicios básicos. No se abordan transformaciones profundas en los modelos pedagógicos. Tampoco en la formación de competencias avanzadas.
¿Una nueva oportunidad para el futuro de la IA sin extremos?
Aún es necesario superar la visión apocalíptica. También evitar posturas acríticas frente a la inteligencia artificial. El reto consiste en encontrar un equilibrio. Es necesario orientar recursos hacia aplicaciones útiles. Entre ellas, la prevención de desastres naturales. También la lucha contra el cambio climático y la mejora en la toma de decisiones.
El panorama se complejiza por la dispersión de esfuerzos en América Latina. La región trabaja de manera fragmentada. Esto impide aprovechar afinidades culturales y lingüísticas. Se pierde la oportunidad de construir una agenda común sobre desarrollo tecnológico e inteligencia artificial.
Estados Unidos y Europa no son modelos perfectos. Sin embargo, avanzan en discusiones propositivas sobre marcos normativos. Buscan equilibrar el desarrollo tecnológico con las capacidades humanas. Estas experiencias muestran la importancia de construir consensos. También de fortalecer la gobernanza en inteligencia artificial.
Pero, ¿el panorama es desolador? En absoluto. Aún existe la posibilidad de articular políticas escalonadas. Estas deben proyectarse a corto, mediano y largo plazo. El objetivo es consolidar un modelo de gobernanza basado en la confianza. También en la cooperación y el trabajo colectivo.
Las nuevas generaciones, frecuentemente estigmatizadas como “generación de cristal”, representan un activo invaluable. Aportan ideas innovadoras y de alto valor agregado. El desafío no es criticarlas. Es potenciar sus capacidades. También prepararlas con habilidades pertinentes para los contextos actuales.
A este cambio cultural se suma una mayor conciencia sobre el futuro del planeta. Colombia cuenta con una importante oferta de recursos ambientales. También existen oportunidades de inversión internacional. Esto abre posibilidades para integrar sostenibilidad y tecnología en una agenda de desarrollo.
El año 2026 se presenta como una oportunidad para replantear el rumbo. Sin embargo, todo dependerá del entorno político. Es necesario dejar de lado los egos. Tanto del oficialismo como de la oposición. Se requiere avanzar hacia un trabajo articulado que priorice el bien común.
¡Estamos a tiempo!
Imagen: Generada con IA / ChatGPT