Sabor amargo en la manzana

Javier Méndez, editor de la revista impresa, retoma en su editorial los últimos sucesos alrededor de la vida del presidente de Apple.

«La vida a veces te golpea con un ladrillo en la cabeza»: eso dijo Steve Jobs, cofundador y presidente de Apple, durante una conferencia en el 2005 en la que compartió sus experiencias ante un grupo de estudiantes de la Universidad de Stanford, en California. Por eso, agregó él, se debe amar lo que se hace, pues es lo que permite seguir adelante.

Un año antes de esa charla, Jobs había sido diagnosticado con cáncer de páncreas, una de las modalidades más agresivas de esa enfermedad brutal, pero había logrado superarlo, en apariencia, después de una cirugía. Su mal y sus secuelas, sin embargo, no estaban dispuestos a dejarlo ir.

El 17 de enero pasado, Jobs anunció –por tercera vez en seis años– que se retira temporalmente de la empresa para enfrentar sus problemas de salud. En enero del 2009 había tenido que hacer lo mismo; ese año se alejó durante seis meses de la dirección de Apple y luego de su regreso se supo que había recibido un trasplante de hígado.

En esa ocasión, tal como ahora, Apple y Jobs mantuvieron un secreto absoluto sobre los detalles de sus problemas. La noticia fue sorpresiva, aunque es evidente, por la delgadez extrema que muestra Jobs en sus fotos más recientes, que algo no está bien con su salud.

Posiblemente Jobs, de 55 años, esté preparado para esta nueva embestida. En su charla en Stanford, había dicho que la certeza de una muerte cercana le había servido para vivir siguiendo los impulsos de su corazón, de su intuición y para no dejar que las opiniones de otros acallaran su voz interior.

Pero él no se refería a que esa fuera su actitud después de padecer cáncer: dijo que desde muy joven se le había quedado grabada una frase que leyó, y que la había incorporado a su decálogo personal desde los 17 años: «Si vives cada día como si fuera el último, algún día estarás en lo cierto».

Por eso, Jobs dijo que todos los días se mira en el espejo y se pregunta: «Si fuera el último día de mi vida, me gustaría estar haciendo lo que voy a hacer hoy». Si la respuesta es ‘no’ durante varios días seguidos, sabe que tiene que cambiar algo.

Según él, ser consciente de la muerte inevitable que nos aguarda a todos le ha servido bastante: «Recordar que estaré muerto pronto es la herramienta más importante que he encontrado para ayudarme a tomar las grandes decisiones de mi vida (…) Recordar que usted se va a morir evitará que caiga en la trampa de pensar que tiene algo que perder. Usted ya está desnudo. No hay razón para no seguir a su corazón».

Momento inoportuno.

La vida de nuevo le está dando con un ladrillo en la cabeza a Steve Jobs, pero escogió un tiempo inoportuno: su momento de mayor brillo.

Jobs fundó Apple en 1976, salió por la puerta de atrás de su propia compañía en 1985 (hacía poco había lanzado el Mac) y regresó a Apple en 1997, cuando la empresa estaba a punto de irse a la quiebra. Con su toque mágico sacó rápidamente a la compañía de su crisis y la llevó a vivir su era más gloriosa.

Jobs, quien hace tres años fue elegido el presidente de empresa de la década por la revista Fortune, hizo que Apple se convirtiera en el 2010 en la compañía de tecnología más valiosa del planeta en el mercado bursátil –y la segunda de cualquier industria, detrás de Exxon Mobil–, después de una seguidilla de éxitos en el mercado como el iMac, el iPod, la tienda en línea iTunes Store, el iPhone, el iPad y la tienda App Store.

Apenas un día después del anuncio del nuevo retiro de Jobs, Apple reportó un trimestre financiero récord, con un incremento en las ganancias del 78% frente al año anterior y del 71% en las ventas.

La pregunta que ronda hoy en la industria es cómo se desempeñará Apple si Jobs no puede seguir al frente, pues pocos presidentes están tan involucrados como él en el diseño y desarrollo de los productos, y pocas compañías dependen tanto de la intuición e inspiración de su líder para crear productos que cautiven al mercado.

Javier Méndez

Javier Méndez

A mediados de los años 80 tuve un paso fugaz por la facultad de Ingeniería de Sistemas de la Universidad de los Andes, pero me tomó pocos meses descubrir que escribir código era mucho menos apasionante que escribir artículos. Desde entonces pienso que la tecnología es más divertida cuando se la disfruta desde afuera que cuando se la sufre desde adentro. Y aunque mis primeros pasos en el periodismo los di en la sección deportiva de El Tiempo, era cuestión de tiempo para que aterrizara en el mundo de la tecnología. Llevo 28 años escribiendo sobre este tema, primero en El Tiempo, y ahora en la revista ENTER y EmpresarioTek.co.

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