Contrariado por las contraseñas

Supongo que existen infinidad de formas de robar una contraseña, pero la más dolorosa debe ser aquella en que el usuario le facilita las cosas al ladrón.

Dicen los expertos que uno debe tener una contraseña diferente para cada servicio que la requiera (correo electrónico, sitios web, productos financieros y demás). Dicha contraseña debe tener mínimo seis caracteres, que sean una combinación de letras mayúsculas y minúsculas, signos de puntuación y números. Entre más caracteres tenga, mejor. No se deben usar nombres o números relacionados con uno mismo, como la fecha de nacimiento o apodos. Tampoco se debe utilizar una sola palabra en cualquier idioma.

Eso sí, la contraseña debe ser fácil de recordar, de manera que no sea necesario apuntarla en alguna parte, donde otra persona tenga acceso fácil a ella (o difícil, no importa).

Creo que lograr esto último teniendo en cuenta todas las consideraciones anteriores es prácticamente imposible, sobre todo cuando uno ¿como es mi caso¿ tiene que manejar contraseñas para unos 20 servicios, mal contados.

Por ponerme a inventar claves de acceso superseguras, olvidé la contraseña para ingresar al servicio de compra de boletas en línea de Cine Colombia. Lo peor es que tampoco recuerdo qué cuenta de correo registré para que me la enviaran si eso llegaba a suceder, así es que no puedo reservar ni adquirir entradas por Internet. Tengo que llamar o hacerlo en Cinemark, cuya clave todavía creo recordar.

Pero también conozco casos (algunos muy difundidos en las noticias, otros no tanto) de gente que pierde desde sus ahorros hasta su buen nombre a manos de un ladrón de contraseñas.
Hace poco supe de alguien que iba a entrar a su cuenta de correo electrónico y no pudo hacerlo porque la contraseña era incorrecta.

La pregunta secreta para recordarla tampoco funcionó. El tiempo pasó y este personaje empezó a encontrarse con amigos que le reclamaban el trato descortés que les daba a través del correo, de manera que decidió enviar un mensaje a su antigua dirección para ver lo que sucedía. Desde entonces es víctima de constantes amenazas, que los involucran a él y a personas cercanas, por parte de un sujeto que se apoderó de su correo electrónico.

Deben existir cien o mil maneras diferentes de robar una contraseña. Por eso, no puedo asegurar que el caso de esta persona sea uno de aquellos dolorosos en que se le facilitaron las cosas al ladrón; tal vez corresponda a uno de los otros 99 o 999. Pero este es tan solo un ejemplo de los peligros a los que uno se expone si no sigue unas normas de seguridad mínimas a la hora de escoger sus claves de acceso.

Algunas empresas obligan a sus empleados a cambiar sus contraseñas cada mes o cada tres meses; supongo que este último es un plazo prudente que se puede aplicar al resto de casos. Para mí, esto significaría cambiar 20 contraseñas cuatro veces al año. ¿Aspiran los expertos a que me aprenda 80 contraseñas al año, cuando a veces abro la puerta de mi casa y no recuerdo si voy entrando o saliendo?

Pero al recordar que puedo terminar amenazado, con la cuenta de ahorros en ceros o pagando los servicios públicos de una tropa de desconocidos, hago todo lo posible por cumplir con las normas que proponen los que saben del asunto¿

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