Regresé a una sala de cine después de un año sin ir a un teatro

sala de cine

Antes de la pandemia solía ir cada semana a una sala de cine.

Era uno de mis planes favoritos. Tenía todas las tarjetas de membresía y procuraba no perderme un estreno. Solía dedicar los jueves (porque es el día en el que salían las nuevas cintas) y prefería la función de media noche en el teatro de Cinemark de San Rafael (pocas probabilidades de niños en la sala, adolescentes ruidosos y la selección de mi silla favorita). Era mi plan para primeras citas y para tusas. Mi premio por la quincena, por la liquidación y por un nuevo contrato.

Antes de la pandemia amaba ir a cine. Pero llevaba un año sin ir a una sala de cine.

Al menos hasta que recibí, recientemente, una invitación para la función de prensa de ‘Raya y el último Dragón’. No era la primera función que realizaban desde la reapertura de los teatros, pero sí la primera a la que decidía aceptar. Para alguien con problemas de ansiedad como yo, la crisis del COVID-19 ha empeorado una pre-existen prevención a ‘salir’. Incluso con todo el amor que tenía ir al cine, creía que lo más responsable era evitar aquellos desplazamientos innecesarios y las salas de cine son, precisamente, los primeros espacios que parecen a evitar en medio de una crisis de salud.

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La función era pequeña. No más de 20 invitados. Antes, las invitaciones para este tipo de funciones eran un poco más masivas. Influenciadores, colegas, expositores e incluso una que otra celebridad. El ruido previo a la película de las conversaciones o los saludos. Los encuentros y conversaciones entre cinéfilos.

Ahora, el lobby del teatro estaba apenas ocupado. Los que entraban realizaban un saludo y de inmediato entraban a la sala de cine. No muchos grupos. Personas solas yendo a ver cine. La máscara de los tapabocas siempre presente, incluso en los teatros. Mi primer trabajo fue precisamente en Cinemark, limpiando las salas y luego vendiendo la confitería. Era un trabajo agotador físicamente y la incomodidad de la gorra en la cabeza, junto con el sudor o el calor después de barrer las palomitas tiradas o limpiar una cola de clientes no ayudaba. Solo puedo compadecer a las personas que por menos de un mínimo (la mayoría de empleados de estas cadenas de teatros son contratados por agencias temporales y se paga por horas) tiene que soportar la presión de un tapabocas en sus orejas durante las horas de su turno.

El ingreso a la sala de cine también ha cambiado. Antes los acomodadores estaban para ayudar a algunos clientes ocupados con la confitería o aquellos incapaces de encontrar su asiento. Ahora ejercen una tarea adicional de vigilar que la distancia mínima entre sillas se cumpla. En la función a la que asistí esta era de al menos cuatro entre cada asistente.

La película comienza, pero menos de un cuarto de la sala de cine está llena. El tiempo que antes ocupaban los adelantos de otras películas hoy lo tienen los videos promocionales del cine. Clips que invitan a las personas a regresar a las salas, que muestran a los empleados usando tapabocas y limpiando las sillas con alcohol, recordando las normas mínimas para asistir al teatro.

No puedo evitar sentirme algo extraño al quitarme el tapabocas por primera vez para comer las crispetas. La nueva norma es que la boca debe estar tapada todo el tiempo, excepto al consumir la comida. Observo a mi vecino a la izquierda y me doy cuenta que también se ha retirado el tapabocas para empezar su balde de palomitas. Con alguien dando el primer paso me siento con más confianza para hacer lo mismo.

Es un acto extraño el no comer de manera distraída mientras empieza la película, sino el calcular cómo distribuir este paso extra. El soltar la máscara alivia la incomodidad (soy de los afortunados en trabajar en casa y salgo poco, por lo que no me he acostumbra a la mascarilla y después de un rato comienza a lastimar mis orejas). Así que ahora el acto de comer se ve acompañado de una suerte de conciencia y planeación… no es que sirva de mucho. Olvidaba qué tanto extrañaba las palomitas de maíz frente la panta grande.

De nuevo observo mi vecino y veo que también ha terminado su comida y se ha vuelto a poner el tapabocas. Me pregunto, para mis adentros, cuál es el procedimiento en caso de que fueras al cine y veas a alguien olvidar volver a tapar su boca o simplemente ignorar la mascarilla.

En general, había olvidado lo especial que se siente ver una película en la pantalla grande. Sin botones de pausa para revisar el celular. Con el sonido del teatro replicando las más pequeñas cosas y la oscuridad de la sala que hace que durante un par de horas lo único en tu horizonte sea la pantalla. El tiempo se pasa volando y antes de que me dé cuenta han comenzado a rodas los créditos.

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La película termina, pero la dinámica al final también ha cambiado. En vez de salir de inmediato y encontrar el usual trancón y atascamiento al final, las personas respetan la distancia mínima en las escaleras. Usualmente me tomaría menos de un minuto el abandonar la sala. En esta ocasión debo esperar al menos 4 minutos a que las personas avancen para retirarme… y de nuevo, estamos en una sala de 20 personas. No quiero imaginar la dinámica con una función más llena.

Al final de mi experiencia me piden que de un testimonio para RCN sobre mi regreso a las salas o si recomendaría el ir al teatro a ver la película. No pasaron lo que dije, asumo que porque no seguí la corriente y dije que sí, que la familia entera debería volver y ver ‘Raya y el último dragón’ tan pronto se estrenara.

En vez de eso tome una actitud prudente. Volví al teatro después de un año y para un cinéfilo se sintió como volver a casa. Me recordó lo mucho que extraño ir allí y me obligó a hacer la promesa de que tan pronto como reciba mi vacuna celebraré con una maratón de cine y palomitas.

Pero por otro lado soy consciente de que en una cultura como la de nosotros, ir a una sala de cine no solo requiere de las acciones de los teatros, sino también de los asistentes. Toma el que una persona decida no cubrirse con el tapabocas. Una pareja que no respete la distancia mínima y se siente junta. Una persona que con síntomas acuda al teatro. Lo sé porque en mi círculo familiar cuento con personas que creen que a los médicos les pagan 40 millones por reportar casos, que nos van a seguir con la vacuna o que eso se cura con una medicina que recibimos en la droguería. Solo toma una persona que no se tome en serio estas medidas y mi ansiedad comienza a subir. Y por desgracia sé que son precisamente este tipo de personas las que más van a olvidar esto y acudir a una sala.

Regresé a una sala de cine después de un año sin ir a un teatro y quiero volver. Pero quizás no lo pueda hacer todavía.

Imágenes: Piqsels

Jeffrey Ramos González

Jeffrey Ramos González

Mi papá quería que fuera abogado o futbolista. Pero en vez de estudiar o salir a la cancha, me quedé en la casa viendo 'Dragon Ball Z', jugando 'Crash Bandicoot' y leyendo 'Harry Potter'. Así que ahora que toca ganarse la 'papita' me dedico a escribir de lo que sé y me gusta. Soy periodista graduado de la Javeriana, escritor de ficción. He publicado en El Tiempo, Mallpocket, entre otras revistas.

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