Por: Francisco Javier González, profesor de la Escuela de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones del Politécnico Grancolombiano
El 2026 no es un año que llegue en silencio. Desde las aulas observo cómo la inteligencia artificial abandona el discurso futurista y se instala en la realidad cotidiana. Ya no es una herramienta novedosa; es un actor que piensa, propone y actúa… un cambio técnico, sí, pero sobre todo cultural y profundamente humano.
Durante décadas enseñamos a usar la tecnología como apoyo, pero hoy tengo que enseñar a convivir con ella. La inteligencia artificial ya no espera instrucciones detalladas: interpreta, sugiere, anticipa. Por eso, 2026 marca un quiebre, no porque aparezca algo nuevo, sino porque lo existente se vuelve imprescindible para funcionar, competir y sobrevivir en casi cualquier sector económico.
En las empresas, este cambio se siente sin eufemismos. Las organizaciones descubren que la productividad ya no depende solo del talento humano, sino de su capacidad para trabajar junto a sistemas inteligentes. Finanzas, salud, comercio y logística avanzan rápido porque el mercado no concede treguas; la IA se adopta no por moda, sino por necesidad operativa.
Desde la universidad lo veo reflejado en mis estudiantes. Llegan sabiendo que los informes se generan solos, que las bases de datos hablan y que los contratos se redactan en segundos. El desafío ya no es producir información, sino interpretar su sentido. El valor profesional se desplaza hacia la supervisión, el criterio y la toma de decisiones responsables.
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Aquí surge una tensión inevitable: automatizar ahorra tiempo, pero también obliga a redefinir el rol del profesional. El trabajo deja de ser ejecución y se convierte en juicio. A quienes no desarrollen pensamiento crítico y ética tecnológica, la inteligencia artificial les recordará muy pronto que la velocidad sin reflexión es riesgo, no ventaja competitiva.
2026 también deja una advertencia incómoda: la tecnología dejó de ser opcional. Sin ciberseguridad, analítica de datos y automatización, las organizaciones no solo pierden eficiencia, pierden confianza. Ignorar este proceso ya no es conservadurismo, sino una decisión costosa que amplía brechas y expone a errores evitables.
Como profesor, me preocupa menos la automatización y más la postergación. Veo empresas y líderes esperando “el momento adecuado” para transformarse. El problema es que la historia tecnológica no espera consensos. Quien no se adapta queda fuera del sistema, no por castigo, sino por irrelevancia.
La inteligencia artificial no vino a reemplazar personas; vino a elevar el nivel de exigencia. Nos obliga a hacer mejores preguntas, a decidir con más información y a asumir responsabilidades más complejas. Por eso sigo creyendo que la educación es el verdadero campo de batalla tecnológico: formar criterio será más importante que formar usuarios.
Cuando pienso en 2026, no veo una fecha, veo una frontera. De un lado, quienes integran la tecnología de forma consciente y estratégica; del otro, quienes la observan pasar. Mi apuesta es clara: preparar profesionales capaces de dialogar con la tecnología sin perder lo más humano que tienen, es decir, la capacidad de pensar, decidir y responder por sus elecciones.
Imagen: Generada con IA / ChatGPT