En Colombia, la brecha de género en tecnología sigue siendo amplia. Aunque cada vez hay más mujeres en roles de programación y liderazgo digital, su participación aún no es proporcional al talento disponible. El desafío no es solo de cifras: es también cultural, educativo y social.
Muchos estereotipos se han encargado de asociar la programación con un oficio “masculino”. Desde la escuela, a las niñas se les empuja más hacia áreas sociales o humanísticas, mientras que los varones reciben mayor estímulo para explorar matemáticas, ciencia y lógica. Esa primera segmentación limita la confianza de muchas jóvenes a la hora de elegir una carrera tecnológica.
Pero no todo es una barrera. En los últimos años han surgido oportunidades y programas de apoyo que buscan revertir esta tendencia. Desde becas exclusivas para mujeres en programación, hasta redes de mentoría que conectan a profesionales consolidadas con estudiantes, el ecosistema tech local empieza a entender que la diversidad de género es una ventaja competitiva.
Organizaciones como Mujeres TIC Colombia, Pioneras Dev y She Codes han abierto espacios seguros para que más jóvenes puedan aprender sin prejuicios y sentirse parte de una comunidad. Estos colectivos no solo enseñan a programar, también fortalecen la autoestima, la voz y el liderazgo de mujeres en un sector históricamente desigual.
El mercado, además, está presionando hacia la inclusión. La escasez de talento en desarrollo de software ha hecho que las empresas comprendan que no pueden permitirse desaprovechar a la mitad de la población. Cada vez más startups y grandes compañías valoran la diversidad como un motor de innovación y como una forma de entender mejor a sus usuarios.
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Sin embargo, queda mucho camino. Para que más mujeres se conviertan en desarrolladoras, se necesita un esfuerzo integral: desde políticas públicas que promuevan la equidad en educación STEM, hasta estrategias empresariales que eliminen sesgos en procesos de contratación y ascenso. También es vital que la sociedad deje de reproducir roles rígidos de género que frenan los sueños tecnológicos de muchas niñas.
En este contexto, la formación juega un papel decisivo. Programas como el de Holberton Coderise en Colombia han demostrado que es posible crear una comunidad inclusiva y libre de sesgos. Su modelo de aprendizaje por proyectos no distingue entre géneros ni privilegia antecedentes académicos tradicionales: se basa en la colaboración, el talento y la capacidad de aprender.
Además, Holberton ya cuenta con sedes en ciudades estratégicas del país y programas especializados en desarrollo de software, inteligencia artificial y machine learning. Ofrece alternativas de financiamiento y becas que facilitan el acceso a estudiantes de distintos contextos, así como un ecosistema activo con blog, mentorías y convocatorias abiertas que permiten aplicar de manera sencilla y sin barreras.
La experiencia de Holberton muestra que cuando el aprendizaje se construye en un entorno diverso, los resultados son más sólidos. Mujeres que antes no se atrevían a explorar la programación encuentran allí un espacio para crecer, tejer redes y demostrar que la tecnología también les pertenece. Y en esa apuesta colectiva está la clave para cerrar la brecha de género en el mundo del desarrollo.